lunes, 3 de octubre de 2016

Romasanta, el hombre lobo gallego

Allariz: Un lugar sito en el centro de la provincia de Ourense, Galicia, poblada de paisajes naturales y multitud de pequeños monumentos y una buena historia de terror, pues es conocido nacional e internacionalmente por el suceso que a continuación exponemos.


Hablar de Allariz, también supone hablar de Manuel Blanco Romasanta, señalado como el único caso de licantropía clínica diagnosticada en España y es, hasta hoy, el único hombre lobo procesado. Se trataba de un criminal gallego, considerado el primer asesino en serie español. Es también muy conocido como el "Sacamantecas".


Este caso está recogido y desgranado por Alicia Misrah en El libro de los asesinos, y en las tierras gallegas se conoce popularmente como la Causa 1788, del hombre lobo.

Romasanta nació el 18 de noviembre de 1809 en la también localidad orensana Regeiro. El misterio le rodeó enseguida pues cuando fue bautizado, apareció registrado como mujer, con el nombre de Manuela Blanco, debido a su baja estatura y sus rasgos afeminados, los cuales le valieron para ser objeto de burlas en sus años infantiles y juveniles.
Ya como adulto, la muerte de Francisca Gómez Vázquez, su esposa, fue la que desató el horror en esta localidad.

Al quedarse viudo con 24 años, Romasanta decidió dedicarse a la venta ambulante de una especie de ungüentos –según las leyendas, hechos de grasa humana- primero por Galicia, y posteriormente por el resto de España y Portugal.

Pronto fue muy reconocido y apreciado por los vecinos de la zona, y además le permitía conocer la zona y ayudaba a los viajeros a atravesar las montañas de León, Asturias y Cantabria. Será en esta época cuando se desate su criminalidad.

Etapa de Hombre-Lobo, crímenes de Rebordechao:

Romasanta se asentó en un pueblo cercano llamado Rebordechao, donde encontró sus primeras victimas fueron una sirvienta (Manuela García Blanco y su hija Petra, de tan solo 6 años): Esta mujer decidió en 1846 ir a Santander junto a su hija para encontrar una mejor casa en la que servir y Manuel, que era tendero ambulante y conocía bien los caminos por los que se debía ir, se ofreció para acompañarlas hasta Cantabria, poniéndose los tres en camino.

Romasanta, al regresar al pueblo, contó a todos muy entusiasmado la casa a la que llevó a Manuela a servir; ello supuso que más vecinas, envidiosas de un tipo de vida así confiaran en él para conseguirles un destino similar. El asunto era que estas mujeres pagaban con joyas y objetos a Romasanta a cambio de llevarlas allí.

De este modo, las hermanas de ManuelaBenita García, Josefa García, recibían cartas de su hermana Manuela, escritas por Romasanta para tratar de convencerlas para que fueses con ella, y estas partieron del pueblo sin que se volviese a tener noticias de ellas: En las aldeas cercanas empezó a despertarse rumores sobre lo que les ocurría a las personas que acompañaban a Romasanta en sus viajes. Las habladurías se acrecentaron cuando algunas de las ropas de las hermanas García Blanco fueron vendidas por Romasanta. Aunque éste se justificó diciendo que sus propietarias se las habían vendido o regalado. fue ahí cuando comenzaron a levantarse sospechas sobre Romasanta: este, consideró que era buena idea no dejarse ver por la zona y refugiarse en Castilla, hasta que finalmente fue arrestado en Nombela (Toledo) para ser encarcelado en Allariz (Orense) en 1852, donde se declarará culpable de numerosos asesinatos, consumados, según su declaración, cuando se transformaba en lobo.

 “Mataba a sus víctimas con sus manos desnudas y a dentelladas, las desnudaba y les quitaba todas sus pertenencias y ropas para venderlas luego y sacar un rendimiento. Luego comía de los cadáveres. Informaba a los familiares de que la presentación había ido muy bien y falsificaba cartas de las mujeres en las que aseguraban que estaban muy bien y que estaban muy agradecidas al buhonero por haberlas recomendado”.

El juicio contra el Hombre-Lobo:

Romansanta declaró en los Juzgados de Allariz, su vida criminal y haber sido el autor de multitud de asesinatos, con la particularidad de que se transformaba en hombre lobo, sin que pudiese contenerse.

Declararía en los Juzgados que: “La primera vez que me transforme fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo era un lobo. Estuve cinco días merodeando con los otros dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo. El que usted ve ahora, señor juez. 

Los otros dos lobos venían conmigo, que yo creía que también eran lobos, se cambiaron a forma humana. Eran dos valencianos. Uno se llamaba Antonio y el otro don Genaro. Y también sufrían una maldición como la mía. Durante mucho tiempo salí como lobo con Antonio y don Genaro. Atacamos y nos comimos a varias personas porque teníamos hambre

En los documentos judiciales consta lo siguiente: “…en compañía de don Genaro y Antonio, y conservando todos tres la figura y acciones de lobo salieron al camino a una joven que venía de la feria de Viana en compañía de un hermano suyo para su pueblo de Sotelo de Val de Louro, la asaltaron, desgarraron y devoraron, aprovechando la ocasión de haberse separado un instante de su hermano… que habíamos tres o cuatro años hicieron otro tanto con una mujer de Chaguaroso, que andaba a la parte de arriba del pueblo…”

Tras ser examinado por diversos médicos, se estimó que “Manuel Blanco no es idiota, ni loco, ni maniático, ni imbécil y es probable que si fuera más estúpido no fuera tan malo. No hay en su cabeza ni en sus vísceras motivo físico que transforme el equilibrio moral, ni el más mínimo vestigio de haber perdido jamás la razón, pero sí la bondad”.

El juicio contra Romasanta duró aproximadamente un año, en el que fue sentenciado, el 6 de abril de 1853, a la pena de muerte por haber perpretado 9 asesinatos mediante el método garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por víctima.

 “Fallo: que declarando a Manuel Blanco Romasanta, tendero, reo de los nueve homicidios que forman parte del primer cargo, con las circunstancias de haber sido ejecutadas las muertes con alevosía y premeditación conocidas, y con tal comprendido en el artículo 333 del C. Penal, con las agravantes de haber sido ejecutadas las muertes en despoblado y haber intervenido abuso de confianza… le debía condenar y condeno a la pena de Muerte en Garrote con la imposición de costas y gastos del juicio”, y fue ratificada, añadiéndose: “…y manda entregar a los herederos de las víctimas las ropas depositadas en la (ininteligible) y dar sepultura eclesiástica a los restos humanos recogidos, absolviéndole de la instancia respecto a los demás cargos que se le hicieron, cuya pena se ejecutará con arreglo a los dispuesto en el artículos ochenta y nueve y noventa de dicho código. Le condenamos además al pago de mil reales por cada una de las expresadas víctimas a sus herederos, por vía de indemnización de perjuicios en cuanto alcancen sus vienes, y a que indemnice a los compradores de los efectos recogidos al precio que dieron por ellos con los gastos del juicio y costas al Tribunal…”.

La condena sería conmutada por la cadena perpetua cuando el 3 de julio de 1853 llega una carta desde Argel, dirigida al ministro de Gracia y Justicia, en la que el hipólogo francés Mr. Philips pide que la ejecución se detenga: “La libertad que me tomo en este momento de dirigirme a Vuestra Excelencia tiene por objeto detener, si es tiempo, la mano de la justicia española, pronta a caer sobre un desgraciado…”, afirmando que veía en Manuel Blanco “…a un desgraciado acometido por una especie de monomanía conocida de los médicos antiguos bajo el nombre de licantropía” y que debido a un desorden de las funciones de su cerebro no era responsable de sus actos.

El Dr. Philips quería que le dejaran estudiar el caso -aunque el estudio nunca se llevó a cabo- y la Reina Isabel II conmutaría entonces la pena de muerte por la cadena perpetua mediante la Real Orden del 13 de mayo de 1854: “Fallamos que revocando como revocamos la sentencia de seis de abril último, consultada por el juez de primera instancia de Allariz, debemos condenar y condenamos a Manuel Blanco Romasanta, tendero, a la pena de cadena perpetua…”.

Romasanta fallecería al cabo de pocos meses en la cárcel, aunque no hay constancia oficial-documental de ello. Según Manuel Carballal, vicepresidente 2º del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad, “tanto en Allariz como en Rebordechao o Sta. Eulalia de Esgos, no existe ninguna tumba a nombre de Manuel Blanco Romasanta.”

Los historiadores orensanos que han investigado en profundidad el caso no han encontrado ningún registro del fallecimiento de “el tendero” en prisión, y tampoco consta un traslado de cárcel, un indulto, ni nada por el estilo. Las pistas de “el hombre-lobo” simplemente se diluye en las paredes de aquella prisión, y cuentan las ancianas del rural gallego, herederas de las antiguas meigas y paisanas de la Santa Compaña, que Manuel Blanco, adoptando la forma de lobo, consiguió burlar a sus carceleros y huir a los bosques de San Mamed donde, todavía hoy, en ciertas noches de plenilunio, se puede escuchar su terrorífico aullido, mientras acecha entre las sombras a alguna joven doncella, con cuyas tiernas carnes saciar su inagotable apetito…

El mito del licántropo:

Existe una vieja leyenda extendida por toda Europa que afirma que el séptimo hijo varón de una familia, sobre todo si es hijo de un séptimo hijo, arrastra la maldición del hombre lobo.


“En algunos lugares, como en Galicia, la tradición cuenta que en una familia compuesta únicamente por hijos varones el séptimo o noveno de ellos puede ser un lobishome (nombre que recibe el hombre lobo en la zona galaico-portuguesa).


A esta leyenda recurre Romasanta para justificar sus crímenes, que no ascienden a nueve sino a trece, según su propia declaración. Afirmó que la maldición comenzó en 1839 y que se transformaba durante varios días acompañado por otros dos hombres lobos. De estas dos personas no se supo nada a pesar de las investigaciones. Se dejó de lado en el proceso el caso de las cuatro supuestas víctimas que Romasanta aseguraba que había asesinado antes de las de Rebordechao y la muerte del alguacil de León. La justicia consideró que con nueve asesinatos era suficiente.


Un hecho que quizás hoy día pueda llamar la atención es que no aparecieron los cadáveres de ninguna de las personas, aunque tampoco se la encontró con vida. Pero lo que causa más asombro fue su historia de la maldición, que superó las fronteras llegando al extranjero. 

Hubo gente que tuvo a Romasanta por un auténtico hombre lobo, que mataba contra su voluntad; otros en cambio pensaron que era un enfermo mental que se había dejado arrastrar por las supersticiones. También hubo quien consideró que era un asesino frío que había calculado todo perfectamente y que mataba a sus víctimas para quitarlas el unto y venderlo. Esta práctica era conocida por toda España. Los médicos que le examinaron defendieron que era una persona en extremo inteligente y que obraba libremente, y no coaccionado por una fuerza maligna.

Informe forense:

Manuel Blanco Romasanta era un sujeto que presentaba rasgos de personalidad de sagacidad y educación e inteligencia; La licantropía formó parte de ese informe:

No se encontró en el organismo del sujeto, ni señales amnésicas, ni causas ni motivos actuales capaces de dar origen a perturbaciones violentas de la inteligencia.
Las inclinaciones que de él pueden inferirse, no son suficientes para explicar por supuesta licantropía, ni los actos que inducen son coactivos e invencibles, por lo que Manuel Blanco Romasanta obra con libre albedrío, conocimiento y fin moral.


Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo..

Quién era el tal Dr. Phillips?

El tal Mr. Philips, que se definía como profesor de "electrobiología" (sin duda se refería al magnetismo animal de Mesmer, precusor de la actual hipnosis), afirmaba que veía en Manuel Blanco "...a un desgraciado acometido por una especie de monomanía conocida de los médicos antiguos bajo el nombre de licantropía".

Mr. Philips afirmaba que cualquier ser humano podía ser víctima de esa enfermedad, y aseguraba haberlo demostrado repetidas veces, habiendo provocado en personas de demostrada seriedad, trances en los que se creían lobos y otros animales, perdiendo en esos momentos el individuo la conciencia de sus actos, y moviéndose bajo el instinto de la identidad animal que le hubiese impuesto Mr. Philips. La carta en cuestión venía firmada por una decena de testigos que aseguraban haber presenciado las sesiones hipnóticas de Mr. Philips, así como varios artículos de la prensa argelina que recogían varios experimentos realizados por el hipnólogo. 

El enigmático "electro-biólogo" francés se ofrecía a viajar a Madrid, costeándose el viaje para demostrar a Su Excelencia sus argumentos e intentar salvar la vida del licántropo.

Y lo cierto es que la sorprendente carta surtió efecto, y los argumentos del hipnólogo fueron escuchados y atendidos por la mismísima Isabel II.

Así, el 13 de mayo de 1854 se revoca la primera sentencia con una real orden que condena la hombre-lobo a una pena de cadena perpetua: “Fallamos que revocando como revocamos la sentencia de seis de abril último, consultada por el juez de primera instancia de Allariz, debemos condenar y condenamos a Manuel Blanco Romasanta (a) tendero, a la pena de cadena perpetua...”.

UN EPILOGO MISTERIOSO

Manuel Blanco, “el hombre-lobo”, dio con sus huesos en la prisión de Allariz, donde debería terminar sus días, pero parece que el destino se había empeñado en que un halo de misterio rodease este caso hasta el final. Y es que, si bien consta documentalmente que Manuel Blanco Romasanta ingresó en la prisión de Allariz, no consta que jamás saliese de ella... ni vivo ni muerto.

Según las pesquisas que el autor ha podido realizar tanto en Allariz como en Rebordechao o Sta. Eulalia de Esgos, no existe ninguna tumba a nombre de Manuel Blanco Romasanta.


Los historiadores orensanos que han investigado en profundidad el caso no han encontrado ningún registro del fallecimiento de “el tendero” en prisión, y tampoco consta un traslado de cárcel, un indulto, ni nada por el estilo. La pista histórica de “el hombre-lobo” simplemente se diluye en las paredes de aquella prisión, y cuentan las ancianas del rural gallego, herederas de las antiguas meigas y paisanas de la Santa Compaña, que Manuel Blanco, adoptando la forma de lobo, consiguió burlar a sus carceleros y huir a los bosques de San Mamed donde, todavía hoy, en ciertas noches de plenilunio, se puede escuchar su terrorífico aullido, mientras acecha entre las sombras a alguna joven doncella, con cuyas tiernas carnes saciar su inagotable apetito...

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