domingo, 4 de marzo de 2012

Vlad el Empalador, el verdadero Conde Drácula

En el mundo, pocos personajes han conseguido la importancia  y peso que ha conseguido el vampiro creado por la mente de Stocker, y mucho más difícil será encontrar una relación más pobre que la de nuestro vampiro favorito y el personaje del que os voy a hablar.





Vlad IV, fue apodado por sus súbditos como Drácula, dado que fue un ser despreciable y sanguinario, que poco tuvo que ver con su versión literaria de ser bebedor de sangre.



Si no hubiese sido por Stocker, Vlad IV no habría tenido más repercusión que en las montañas donde gobernaba.

Si podemos afirmar que el aunténtico Drácula ha sido más aterrador que el ficticio.

El Drácula real fue un noble rumano de Valaquia que pasó a la historia por el legado de calvarios, torturas y sufrimientos que causó a sus gentes, así como a los extranjeros.
Nadie dudaba de que Vlad IV era una persona enferma, que disfrutaba haciendo daño, consiguiendo que se ganase el apodo de Drácula, que significa hijo del diablo, además de dragón, pero pasó a la historia como "Vlad IV, el empalador".

Con 13 años fue enviado junto a su hermano Radu, a los dominios otomanos con el fin de derrocar al sultán, pero cayó preso donde entre otras cosas, aprendió artes interesantes como la de empalar a la gente.

Finalmente, en 1456, consiguió el trono de Valaquia. Se proclamó Cristo-Dios, gran voivoda de Hungro-Valaquia.



Las formas de matar gente no conocían límite para nuestro protagonista, era un especialista y disfrutaba empalando a la gente, pero era realmente ingenioso a la vez que cruel y despiadado ideando nuevas formas, como cuando hirvió a un gitano acusado de robo, obligando a una familia a que se lo comiesen después.

Su repertorio estaba formado por amputaciones, cegueras, cremación de gente viva, clavar clavos en la cabeza, mutilaciones sexuales, (miles de mujeres la sufrieron con él), asfixia, despellejamientos...

A sus espaldas, dejó miles de víctimas, no teniendo piedad ni de mujeres embarazadas, pues era habitual también que abriese en canal a las mujeres encintas para comprobar que lo estaban.

De forma temporal, el Rey Matías de Hungría puso fin a esta barbarie, al encerrarlo más de 12 años para calmar sus ansias de torturador. Sin embargo, no mostró en su estancia en prisión arrepentimiento alguno, siguiendo con su costumbre de empalar, en esta época, animalitos como ratones.

En 1474, salió libre, pero muy resentido, y comenzó una guerra con los turcos, donde murió en una batalla con 45 años de edad. Los soldados otomanos, le cortaron la cabeza, y se la mandaron al sultán de Constantinopla.

Hemos de señalar, que Vlad IV, no era un bebedor de sangre, como se dice en muchos lugares, confusión que acentuó el libro de Drácula, pues en rumano, Drac, significa Diablo, y en moldavo, Drakul significa vampiro, refiriéndose al animal que necesita beber sangre.

Si comparamos ambos, tenemos que el real ha sido mucho más terrible que el ficticio.

Es curioso que, en la memoria colectiva de Transilvania, se ha ido transmitiendo la leyenda de Vlad como héroe nacional, el cual, si las cosas se pusiesen feas de nuevo para la región, volvería de entre los muertos para salvar a su pueblo.

Fue tal el miedo que instauró entre la población, que eliminó la delincuencia, pero el recuerdo de su crudeza, aún permanece en el folklore rumano.

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