sábado, 20 de octubre de 2012

La leyenda de San Ero

Ero fue un caballero que vivió en Galicia, donde estuvo al servicio de Alfonso VII. Su mujer y él rezaban para tener descendencia, pero en un sueño se le apareció la Virgen y le aseguró que la voluntad de Dios era darles un gran número de hijos espirituales.

Así, Ero se retiró a una ermita, a la cual acudieron cuatro monjes cistercenses en 1149. Se fundó así el Monasterio de Santa María de Armenteira, en Pontevedra, que ha pasado a la historia por una de las cantigas del rey Alfonso X.


En dicha cantiga, la 103, se cuenta que Ero solía salir algunos días del monasterio y caminar por el bosque. Uno de esos días se encontraba en una huerta, junto a una fuente, sentado bajo la sombra de un árbol. Ero empezó a reflexionar y rezó a la Virgen:para poder ver el Paraíso antes de morir. Un pajarillo empezó a cantar, y el monje perdió la noción del tiempo. Pasaron 300 años, y el abad volvió al monasterio. El prior le preguntó quién era, y, al responder que era el abad Eros, le contestaron que hacía siglos que este había muerto. Ero, al darse cuenta del paso del tiempo, cayó fulminado a los pies de los monjes.


La tumba de San Ero nunca ha sido encontrada.

La leyenda de San Ero tiene una fuerte influencia celta del llamado Paradisus Avium, el paraíso de los pájaros. Según la tradición celta los pájaros pueden ser mensajeros de Otro Mundo.

El mito de los pájaros del inframundo lo encontramos por ejemplo en el relato irlandés Sergigle Con Culainn ( La enfermedad del Cuchuláinn) que narra el encuentro del guerrero Cuchaláinn con unos cisnes que resultaron ser hadas de Otro Mundo, o también en el texto galés Mabinogion que nos habla de los pájaros de Rhiannon (diosa celta de los caballos) que,  asentados en la Bahía de Cardigan, son capaces de matar los vivos y resucitar los muertos con su canto. Clíodhna, diosa de las banshees en la mitología irlandesa, tenía tres pájaros mágicos que podían curar con su canto, del mismo modo que los tres pájaros de Rhiannon.También el folclorista bretón Anatole le Braz recoge en su obra La legende de la mort chez le bretons armoricains, la creencia en un paraíso cuya entrada está guardada por aves cantoras.

La catedrática M.J Green explica como los pájaros, por su habilidad para dejar la tierra volando, se identifican con la creencia de que el espíritu humano abandona libremente el cuerpo cuando este muere y de esta manera las deidades del Más Allá se asocian con frecuencia con los pájaros. 


Estos mitos fueron cristianizados posteriormente, y así los volvemos a encontrar en la historia del viaje del santo irlandés del siglo VI San Brandan, en la que se describe una isla llena de árboles en las que se posaban infinidad de pájaros que eran ángeles caídos. 

También existen muchas similitudes en el relato bretón referente al monje Yves, quien, buscando leña en el monte escuchó el canto de un pajarito que estaba posado en la rama de un árbol y quedó embelesado por la melodía. El monje persiguió al ave durante todo el día y, al regresar al monasterio, los monjes no lo reconocieron pues durante este breve período de tiempo habían transcurrido 300 años.

En España hay otra leyenda parecida, la de San Virila del monasterio de Leyre. San Virila era un abad muy preocupado por entender el misterio de la eternidad, por comprender cómo era posible vivir eternamente sin llegar a aburrirse y dejar de ser feliz. También este monje se ensimismó con el canto de un ruiseñor. Al volver al monasterio, nadie le conocía, ni él era capaz de reconocer a los otros monjes. Sin embargo, Virila se integró en la vida monástica hasta que, un día, revisando antiguos libros, los religiosos descubrieron que hacía más de 300 años había existido un abad llamado Virila en ese mismo monasterio. Hecha la revelación, cuando todos estaban reunidos en la sala capitular, se abrió la bóveda de la misma y una voz se dirigió a Virila diciéndole: "si tan pronto te pasaron los trescientos años escuchando el canto de un ruiseñor, imagina cómo pasará el tiempo en compañía del Altísimo". 

De esta forma Virila comprendió el misterio de la eternidad.

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